Durante la pandemia encontré en los medios digitales un espacio para compartir, acompañar y sentirme cerca de las personas. En aquel momento, parecía natural encender la cámara, hablar desde el corazón y ofrecer herramientas que podían aportar a la vida de otros. Fueron cientos, tal vez miles, los que se conectaron conmigo.
Sin embargo, después vino el silencio. Me detuve. No fue falta de temas, tampoco falta de ganas… fue miedo.
Miedo a fallar, miedo a no sostenerme, miedo a no estar a la altura de lo que otros esperaban de mí. Desde mi propio temperamento, ese miedo tomó forma y me desconecté de las redes. Y con ello, me desconecté también de muchas personas.
Hoy, al mirar hacia atrás, pienso: si hubiera aprovechado aquel momentum, tal vez tendría una red sólida, una comunidad aún más fuerte. Pero también sé que cada pausa trae su propia enseñanza.
Volver a escribir aquí, a abrirme en este blog, es un acto de reconciliación. Reconciliación conmigo mismo, con mis miedos, y con esta manera de comunicar que tanto bien me ha dado y que quiero volver a abrazar.
No prometo perfección, ni constancia inmediata. Prometo presencia.
Prometo que cada palabra que leas aquí será auténtica, fruto de mi proceso, de mis luces y mis sombras.
Y si has sentido algo parecido —ese freno que nos pone la vida, ese temor que nos aparta de lo que sabemos que podemos dar—, quiero que sepas que no estás solo. Yo también estoy aprendiendo a empezar de nuevo.
Quiero dejar una contribución en este momento, aquí y ahora. Cuando conozco mi miedo y comprendo aquello que lo detona, la vida me da opciones: puedo huir, ignorar o confrontarlo, pero también puedo transformarlo en energía, aceptarlo como parte de mi proceso, aprender de lo que me quiere mostrar y compartirlo con otros. Hoy elijo este último camino: abrir mi experiencia, con la esperanza de que inspire a alguien más a levantarse y seguir.
